Todo empezó el 20 de agosto del año 79 d. C., cuando la paz de los campos y las ciudades que rodeaban al Vesubio fue perturbada por violentos y continuos temblores que causaron alarma, pues los habitantes aún recordaban el nefasto terremoto del año 62 d. C., que dejó todas las construcciones por los suelos. En esta época la ciudad aún estaba siendo reconstruida, el sistema de agua no funcionaba al 100%, y la ciudad estaba cayendo en una depresión económica. Pero estos temblores, en una zona siempre sometida a movimientos sísmicos, no causaron demasiado impacto.
Un relato escrito real del desastre: “Cuando comenzamos a escapar cayó la oscuridad; no como una noche nublada sin luna, sino como cuando una lámpara se extingue en un cuarto cerrado. Se oía el gemido de las mujeres, el llanto de los niños y los gritos de los hombres. Unos buscaban a sus padres, unos a sus hijos y otros a sus mujeres. Intentaban reconocerse por el sonido de sus voces. Algunos se lamentaban de su suerte, o de la de sus seres queridos; otros pedían la muerte. Muchos alzaron las manos hacia los cielos, pero la mayoría pensó que ya no había dioses y que la oscuridad había descendido para siempre sobre el mundo”Se estima que unas 2000 personas murieron en la ciudad, pero muchos miles más fallecieron tratando de escapar, en los caminos que se dirigían hacia las afueras de la ciudad. Unas cuantas horas después, Herculano y Pompeya desaparecieron, y serían encontradas sólo después de 1600 años.
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